martes, 2 de agosto de 2016

EN LA LIBRERIA


Seguro algunos no conocen la avenida Dos de Mayo así que, intentaré dar una descripción (a mi manera) de ella. Dos de Mayo es paralela de la caótica, siempre embotellada y quita almas, avenida Javier Prado. Dos de mayo es angosta y pequeña siempre con la brisa fresca, gracias a sus viejos sauces que la adornan, llena de casonas antiguas -me atrevería a decir que algunas son de inicios o mucho antes de los años veinte- pero también de apartamentos con estilo; a los años cincuenta o sesenta, si las observan atentamente es posible que se sientan en los cincuentas. San Isidro es el centro financiero de Lima y Dos de Mayo es parte de ella.

Algunas casonas antiguas no tuvieron suerte y  fueron destruidas para dar paso al boom inmobiliario. Ahora, en su lugar, hay edificios altos llenos de oficinas o apartamentos. Se admiraría un coloso y brillante edificio teniendo como compañera a una elegante, sofisticada y antigua casona. Dos de Mayo es una avenida llena de restaurantes, pequeñas tiendas, farmacias, panaderías uno que otro chifa e incluso algunas casonas, que para perdurar en el tiempo, se convirtieron en bancos financieros y en  supermercados. Dos de Mayo está llena de vida comercial, de buena vida para quién se lo permita. Llegando al final de Dos de Mayo, en una esquina, una casona blanquecina -de ser hogar de alguien importante, a un estudio de abogados- se reinventó en una Librería. Entrar es un placer; una mesa redonda te recibe llena de libros mientras que un candelabro cuelga del techo para iluminarlos, de paredes blancas, combina con gusto con los altos estantes llenos y apretujados de libros. La primera vez que entre en esta librería sentí que había encontrado mi espacio, y a la vez me sentí abrumada porque no sabía por dónde empezar. Mi momento de aislamiento lo interrumpió unas campanadas una, dos, tres...perdí la cuenta contándolas. Olvidaba que La Librería tiene de vecina a una Iglesia, una amarillita Iglesia.

De ese primer día, ya ha pasado un año y medio. Dos de Mayo es mi pista de carrera, por que me la paso corriendo para no llegar tarde a la Librería, por que ahora trabajo en ese lugar de ensueño. Es mi segundo hogar, dónde se encuentran mis amigos, mis autores favoritos; sus libros queridos. Son cuatro meses trabajando, aprendiendo. A veces abruma estar rodeada de tantos libros, me encogen. Cuando los limpio, los acaricio, soplo sus hojas para sacar el polvo -algunos están olvidados- los leo. A veces me concentro mucho en la lectura, olvido por un momento que trabajo ahí, pero termino dejándolo en su sitio con la promesa de volver. Esta Librería es mi segundo hogar -mi hogar está a dos horas de distancia- siempre entran caras nuevas, maravilladas y alegres de encontrar lo que tanto buscaban, incluso, muchos me felicitan por tan bella librería; yo sonrío, ya soy parte de ella. Hay clientes asiduos, están los que vienen casi todos los días, ellos nos saludan con un ¿cómo estás?, nos sonríen, nos cuentan sus historias. A veces me toca estar en caja, entonces no solo les cobro, también me gusta imaginarlos; dónde leen, si al llegar a casa lo acomodan en su librero, en la mesa o lo dejan para después o lo olvidan. También hay de esos clientes gruñones y exigentes, los que se dan aires de superiores por leer yo que sé, me desagradan muchas veces, pero tengo que sonreír, y tengo que vender.

También me preocupo por lo que leen los jóvenes, también me gusta imaginar la personalidad de ellos a través de lo que leen... no dicen que uno es lo que lee. Si, aveces soy prejuiciosa -shame of me- pero sobre todo me alegro cuando alguno se lleva algún libro de mi autor favorito. Trabajar en la librería muchas veces es agotador, cuando llegan los libros nuevos desde un barco cruzando el ancho mar y  sobre todo, cuando no encuentro un libro deseado,  porque no está en el lugar que debería estar, y el cliente se impacienta y nos dice la vida pero luego, al encontrarlo, caigo en la cuenta de que alguien, algún cliente tal vez,  lo escondió para volvera por el, aveces encuentro libros rotos, algunos lo dejan a su suerte.

Trabajar en una librería puede parecer agotador pero es un placer, un constante aprendizaje. Siento que cada día aprendo más, conozco más y quiero más. Cuando hablo con los clientes me siento feliz, podría escucharlos todo el día pero ya perdí la cuenta de las campanadas...